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7 MAY 2026

La Organización Colegial Veterinaria (OCV) aclara que la vía principal de transmisión de este virus es ambiental, vinculada a excretas de roedores infectados durante años y no la convivencia ordinaria con personas que hayan podido estar expuestas

La Organización Colegial Veterinaria (OCV) ha difundido una serie de orientaciones técnicas sobre los hantavirus a raíz del brote detectado en el crucero internacional MV Hondius. La investigación epidemiológica continúa en curso y el buque tiene previsto atracar en las Islas Canarias para llevar a cabo la correspondiente evaluación sanitaria, que incluirá el análisis del barco, así como de determinados pasajeros y miembros de la tripulación.

En relación con este brote, aún no se ha determinado con certeza si la exposición al virus ocurrió antes del embarque, durante la travesía o ya a bordo. No obstante, teniendo en cuenta el periodo de incubación de los primeros casos, se contempla la posibilidad de que el contagio se produjera fuera del barco. Tampoco se ha confirmado si hubo transmisión entre personas. Por este motivo, desde una perspectiva técnica, es fundamental diferenciar entre exposición ambiental, infección confirmada y enfermedad clínica.

Francisco Ruiz Fons, veterinario e Investigador Científico del CSIC en el Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), explica que “el análisis del impacto de un brote de hantavirus exige diferenciar entre riesgo percibido y riesgo real. La vía principal de transmisión es ambiental, vinculada a excretas de roedores infectados durante años de muy alta abundancia de estos, y no la convivencia ordinaria con personas que hayan podido estar expuestas. Solo algunas variantes concretas, como el virus Andes, han mostrado capacidad limitada de transmisión interpersonal, generalmente en contextos de contacto estrecho y prolongado”.

El investigador añade además que “este episodio ilustra con claridad la dimensión One Health de las zoonosis: hablamos de un virus mantenido en reservorios animales cuya transmisión está vinculada a la abundancia de roedores, a su vez muy influida por las condiciones ambientales, que puede alcanzar al ser humano a través de un entorno contaminado y cuya correcta evaluación exige precisamente una mirada coordinada entre salud humana, animal y ambiental”.

Desde la profesión veterinaria se insiste en que, en un escenario marcado por la movilidad internacional, los brotes de enfermedades zoonósicas deben analizarse con criterios científicos y mediante una actuación coordinada entre distintos ámbitos. Estos acontecimientos ponen de relieve la necesidad de integrar de manera efectiva la perspectiva veterinaria en las políticas de vigilancia y respuesta frente a zoonosis, especialmente en lo relativo a la identificación de reservorios, fuentes de exposición, valoración del riesgo ambiental y aplicación de medidas preventivas proporcionadas.

En cuanto a la prevención de los hantavirus, la principal estrategia consiste en evitar el contacto con roedores y con sus excretas. Entre las medidas más relevantes se encuentran el control de las poblaciones de roedores, la ventilación adecuada de espacios cerrados, la limpieza en húmedo de áreas potencialmente contaminadas, la desinfección de superficies, evitar barrer en seco en lugares donde pueda haber heces u orina de roedores y garantizar una correcta gestión de residuos y alimentos.

SITUACIÓN DE HANTAVIRUS EN EUROPA

La situación epidemiológica en Europa difiere notablemente de la descrita en ciertas regiones de América, de donde procede la cepa que, según confirmó la Organización Mundial de la Salud (OMS), está relacionada con el brote investigado. En el caso de los hantavirus europeos, no se han documentado hasta el momento casos de transmisión entre personas. La excepción de mayor relevancia epidemiológica es el virus Andes, presente en determinadas zonas de América del Sur, para el que sí se ha constatado una transmisión interpersonal limitada en situaciones de contacto estrecho y prolongado, siendo el brote iniciado en el crucero.

La infección humana suele producirse principalmente por la inhalación de polvo o aerosoles contaminados con excretas de roedores, especialmente en espacios cerrados y mal ventilados. También puede darse por contacto directo con roedores vivos o muertos, aunque las mordeduras o arañazos son vías menos habituales.

En España, la presencia de la infección por hantavirus es muy reducida. De acuerdo con los datos del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades, no se notificaron casos en el país desde 2019 hasta los últimos datos disponibles de 2023. En el conjunto de la Unión Europea y el Espacio Económico Europeo se registraron en 2023 un total de 1.885 casos, lo que supone una tasa de 0,4 por cada 100.000 habitantes, una de las más bajas del periodo analizado. Ese año se contabilizaron tres fallecimientos en Estonia, país donde, debido a sus condiciones ambientales, el virus tiene mayor presencia.

28 ABR 2026

Con motivo de la Semana Mundial de la Vacunación, la Organización Colegial Veterinaria (OCV) ha editado un vídeo que pone el foco en el valor de inmunización como herramienta de prevención, protección de la sanidad animal y refuerzo de la salud pública, desde el enfoque One Health. Es decir, beneficia al animal, a las personas que conviven con él y a toda la población.

Asimismo, la profesión subraya la necesidad de avanzar hacia una fiscalidad coherente con la función sanitaria de las vacunas veterinarias, ya que el gravamen del 21 por ciento de IVA es desproporcionado.

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23 ABR 2026

Con motivo del Día Mundial de la Veterinaria, la Organización Colegial Veterinaria (OCV) pone en valor la labor de una profesión esencial para la sociedad: desempeña un papel clave en la prevención de enfermedades gracias a la sanidad animal, la seguridad alimentaria y la protección de la salud pública, dentro del enfoque One Health.

Así lo recoge este video editado por la OCV para la ocasión. Porque la veterinaria no solo cuida animales. Protege vidas, protege salud y protege futuro.

1 ABR 2026

España necesita abrir, de una vez, una conversación seria sobre la veterinaria. No una conversación reducida al ruido coyuntural sobre antibióticos, plataformas de prescripción o distribución de medicamentos, sino un debate de país sobre una profesión sanitaria esencial que sigue sin recibir el reconocimiento institucional, normativo y social que merece.

La veterinaria no es un sector accesorio ni un apéndice del bienestar animal entendido en términos sentimentales. Es salud pública, seguridad alimentaria, prevención, vigilancia epidemiológica, control de zoonosis, sostenibilidad ganadera, economía rural y protección del consumidor. Sin veterinarios no hay una sola salud posible. Y, sin embargo, en España seguimos regulando y tratando a la profesión como si su papel sanitario fuera secundario.

En los últimos días se ha insistido en una idea aparentemente simple: que la separación estricta entre prescripción y suministro de medicamentos veterinarios constituye una garantía absoluta de independencia profesional y que cuestionarla supondría poner en riesgo la salud animal y la salud pública. El planteamiento suena impecable en lo teórico, pero falla cuando se confronta con la realidad clínica, con la práctica comparada europea y con las peculiaridades de la medicina veterinaria.

La primera cuestión que conviene aclarar es que los veterinarios no estamos pidiendo un trato de excepción. Estamos reclamando, precisamente, lo contrario: una regulación moderna, proporcionada y homologable a la de muchos países de nuestro entorno. Una regulación que parta de la realidad asistencial de la medicina veterinaria y no de la aplicación mecánica de esquemas concebidos para la medicina humana.

Porque la medicina veterinaria no funciona igual que la humana. Atendemos múltiples especies, pesos, formatos, indicaciones, condiciones de manejo y contextos epidemiológicos muy distintos. Trabajamos, además, con una disponibilidad de medicamentos notablemente inferior a la existente en humana y con menos presentaciones adaptadas a las necesidades reales de los pacientes. Ésa es una de las claves del problema. Y negarla no lo resuelve.

Se ha afirmado que en España no existe un problema de acceso al medicamento veterinario. Pero el problema no es sólo cuántos medicamentos figuran en catálogo o cuántas referencias están teóricamente disponibles en distribución. El verdadero problema es si el propietario puede disponer, en el momento clínico en que el animal lo necesita, del medicamento, la presentación, la concentración y el número de unidades adecuados para ese tratamiento concreto. Y esa respuesta, demasiadas veces, es no.

También se ha sostenido que permitir el suministro por parte del veterinario comprometería la independencia del criterio clínico. Conviene decirlo con claridad: la independencia profesional de un veterinario no la garantiza una barrera formal, sino su ética, su cualificación, su responsabilidad deontológica y su sometimiento a control. Quien conoce mínimamente la profesión sabe que el veterinario prescribe con responsabilidad clínica y con una enorme exposición personal, técnica y jurídica. Sugerir que el criterio veterinario queda inevitablemente contaminado por un eventual interés económico no sólo es injusto: es desconocer el funcionamiento real de una profesión sanitaria sometida a obligaciones muy exigentes.

Además, la comparación europea debería invitar a la prudencia antes de presentar el modelo español como el único verdaderamente garantista. En buena parte de Europa, los veterinarios pueden prescribir y suministrar los tratamientos necesarios para completar la atención de sus pacientes dentro de marcos regulados y fiscalizados.

Éste es, precisamente, uno de los puntos ciegos del debate. Cuando el sistema no permite adaptar con flexibilidad la respuesta terapéutica a la situación concreta del animal, no gana la seguridad: gana la rigidez. Y la rigidez, en medicina, rara vez es una buena noticia. Menos aún en veterinaria, donde la diversidad biológica y clínica obliga a actuar con criterio científico, capacidad de ajuste y proporcionalidad.

El debate sobre los antimicrobianos merece, además, un mínimo de honestidad. España ha hecho en los últimos años un esfuerzo muy relevante en la reducción del uso de antibióticos en sanidad animal. Ese esfuerzo no ha sido fruto del azar ni de la imposición externa: ha sido posible, en gran medida, gracias al compromiso de los veterinarios españoles con el uso prudente y responsable de los antimicrobianos. Por eso resulta difícil aceptar que se traslade a la opinión pública la idea de que la profesión veterinaria constituye el principal foco de riesgo o el eslabón débil de la lucha contra las resistencias.

Combatir la resistencia antimicrobiana es una prioridad compartida. Pero para hacerlo bien hace falta rigor. Hace falta analizar dónde está realmente el problema, dónde se concentra el mayor impacto y qué medidas son eficaces sin deteriorar la capacidad asistencial. La salud pública no se protege dificultando el acto clínico veterinario ni multiplicando cargas burocráticas que no aportan valor proporcional. Se protege reforzando el uso racional del medicamento, adaptando las presentaciones a las pautas reales, mejorando la disponibilidad efectiva y dotando al profesional sanitario de herramientas útiles.

Mientras tanto, seguimos sin reconocer plenamente el papel de la veterinaria en las políticas públicas. Seguimos gravando sus servicios clínicos con un IVA del 21% en animales de compañía, como si su actividad careciera de relevancia sanitaria. Y seguimos discutiendo sobre la profesión muchas veces sin escuchar a quienes la ejercen.

Los veterinarios no pedimos privilegios. Pedimos poder trabajar con seguridad jurídica, con criterios científicos, con instrumentos adaptados a nuestra realidad profesional y con una normativa que ayude, en lugar de obstaculizar, la atención sanitaria a los animales y la protección de la salud pública.

España necesita más veterinaria en sus políticas públicas, no menos. Más reconocimiento, no más sospecha. Más confianza en el criterio clínico de una profesión sanitaria esencial, y menos rigidez normativa.

Porque cuando se debilita a la veterinaria, no pierde un colectivo. Pierde la salud pública. Pierde el mundo rural. Pierde la sociedad. Y pierde el país.

18 MAR 2026

La Organización Colegial Veterinaria Española (OCV) valora muy positivamente que las instituciones europeas hayan abierto una vía formal de estudio sobre la aplicación del artículo 106.1 del Reglamento (UE) 2019/6, una cuestión que afecta directamente al ejercicio clínico veterinario y sobre la que la profesión venía reclamando una revisión basada en la evidencia científica y en la realidad asistencial.

El Comité Permanente de Medicamentos Veterinarios, reunido el pasado 3 de marzo, pudo revisar toda la documentación técnica que se le había hecho llegar a través de la FVE para llegar a la conclusión de que efectivamente existen situaciones clínicas no cubiertas por las fichas técnicas en las autorizaciones de comercialización. De esta manera se ha abierto un proceso de trabajo conjunto con la FVE, en el que se evaluará información sobre distintos productos medicamentosos, y sobre situaciones clínicas específicas en distintas reuniones del Comité Permanente que se celebrarán durante los próximos meses y hasta el mes de junio.

Este avance llega tras meses de trabajo técnico impulsado especialmente desde la actual junta ejecutiva de la OCV, que trasladó a la FVE cerca de 70 casos clínicos documentados sobre los efectos de una aplicación estricta del artículo 106.1. Ese dossier, elaborado por el Comité Científico del Medicamento Veterinario del Consejo General con la colaboración de profesionales, asociaciones científicas y colegios provinciales, se convirtió en la base principal del informe científico-técnico remitido a las autoridades comunitarias. España fue, además, el Estado miembro que más evidencia clínica aportó a este proceso.

El artículo 106.1 obliga a utilizar los medicamentos veterinarios conforme a las condiciones de su autorización y ficha técnica, una redacción que, en determinados supuestos, impide adaptar dosis, duración o protocolos de tratamiento a la evidencia científica actual y a la situación epidemiológica concreta. La FVE ya había pedido a Europa un enfoque más pragmático y basado en el riesgo, subrayando que la medicina veterinaria basada en la evidencia requiere, en ocasiones, ajustes clínicamente justificados para garantizar la eficacia del tratamiento, evitar el sufrimiento animal y proteger la salud pública.

La OCV recuerda que esta línea de trabajo fue planteada por la representación española en el seno de la FVE y reforzada posteriormente mediante la recopilación de casos clínicos de toda España, así como con el respaldo expresado por distintas instancias nacionales y europeas. Entre ellas, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), que ya había advertido de las dificultades que la actual redacción genera en la práctica clínica veterinaria.

Análisis comunitario

Para la Organización que agrupa a los casi 39.000 profesionales colegiados, la apertura de este proceso europeo constituye uno de los avances más relevantes logrados en los últimos años en el ámbito del medicamento veterinario, al situar por primera vez esta cuestión en una dinámica formal de análisis comunitario. De hecho, considera que este paso confirma la utilidad de una estrategia basada en el rigor científico, la interlocución institucional y el trabajo coordinado del conjunto de la profesión.

“La OCV seguirá colaborando activamente en este proceso para contribuir a que la futura revisión del artículo 106.1 permita compatibilizar la necesaria seguridad jurídica con una mayor flexibilidad clínica basada en la evidencia científica, el bienestar animal y la protección de la salud pública”, ha destacado su presidente, Gonzalo Moreno.

Además, en este sentido, ha reiterado su compromiso de continuar defendiendo en todas las instancias —nacionales y europeas— una regulación del medicamento veterinario más proporcionada, actualizada y adaptada a la realidad asistencial.